Era una de esas tardes pesadas, sofocantes, con mucho calor y nada de viento, que aplasta los ánimos.
Aproveché el tiempo para llegar hasta el arroyo con la esperanza de que allí encontraría el fresco que buscaba.
Una sombra me invitó a sentarme; me descalcé y metí los pies en el agua… ¡una delicia…, nunca estuvo mejor! Te confieso que le dirigí una mirada de agradecimiento y de admiración; jugué con ella, y ella… siempre igual; corriendo y cantando entre las piedras. Te aseguro que si hubiéramos sido cien los que estábamos en el arroyo, a los cien los hubiera refrescado, les hubiera cantado, y hubiera seguido corriendo con toda naturalidad…
¡Qué fuerza formidable que tiene el agua!
El poeta José Selgas decía que había dos cosas en el mundo que nunca lo cansarían: ver correr el agua y ver correr un niño…
El agua es vida, es frescura, es potencia que mueve industrias; es también muerte y sepultura…
Me encanta, cuando viajo en ómnibus, ver en el paisaje hileras de árboles que van serpenteando; me dicen que allí corre un arroyo…
El agua siembra la vida por donde pasa… y lo hace como apurada, como buscando su casa para descansar y no para hasta zambullirse en el mar, va corriendo solamente para eso, para llegar.
Dios nos ha hablado y nos seguirá hablando a través de las cosas queriendo enseñarnos una realidad que existe pero que nuestros ojos no son capaces de ver… ya me habló por medio de la mochila, del bordón, del juego nocturno… y ahora quiere hablarme a través de este elemento tan precioso que es el agua.
Al final de cuentas mi vida camina sin parar y también busca su casa, la casa paterna, la del descanso, la de la felicidad sin fin… pero para llegar debe correr por su cauce, como el arroyo, pues si se sale queda estancado y se convierte en charco que termina por secarse…
Y aquí me hice una pregunta: ¿Cuál ha de ser el cauce que conduzca mi vida? Mi respuesta se centró en esto: debo ser como el agua del arroyo…
La frescura de una vida sana, física y espiritualmente sana, me llevará a repartir:
- Alegría por donde yo pase
- Optimismo entre aquellos con quienes yo conviva.
Y como por mi ley scout debo ser amigo de todos, es para mi un verdadero compromiso ser como el agua; desbordar vida en beneficio de todos sin mirar a quién ni a cuántos.
¡Pobre de mí sí me estanco o encierro en mi egoísmo! Sería ir asfixiándome, muriendo, secándome… sin ser útil ni para mí ni para otros.
Baden Powell, tratando de imitar a Jesús, pues leía el Evangelio con mucha asiduidad, dio de si todo lo que tenía, su propia vida… pues la dedicó al servicio de los demás. El pasó, como el agua, pero dejó detrás de si vida, y vida abundante, a todos los muchachos del mundo y de todos los tiempos…
Eso es lo que hicieron los santos; eso es lo que tengo que hacer yo.
Te confieso una cosa: a partir de ese encuentro con el arroyo, el campamento cambió para mi…
- Mi alegría era más profunda…
- No me cansaba el estar dispuesto a colaborar con las diversas tareas de la vida de patrulla…
Para esto no puede quedar ni tener su punto final en este campamento, sino que debo esforzarme por trasplantarlo a mi vida de cada día, donde esté y a la hora que fuere.
¡Gracias, Dios mio, por hablarme así, de una manera tan sencilla, pero que me llega hasta lo hondo y consigue transformarme! Realmente tú me amas como un padre ama a su hijo…
¡Gracias Padre!...
No se me ocurrió nada más y quedé, no sé cuánto tiempo, mirando como extasiado el arroyo que seguía corriendo para su casa y lo hacía cantando…

(del libro “Cristo y el Scout” de Carlos Kunitzki, c.m.f.)
Tortuga Alegre







